El problema de la exposición “Retratos imaginarios” de Pablo Picasso que en estos días se expone en el Museo de Arte Contemporáneo, es que fueron hechas por Pablo Picasso. De lo contrario podría haber pasado desapercibida como los bocetos que hace cualquier niño en párvulos y que acaban abandonados en los anaqueles de las guarderías o en los archivos muertos del colegio. Claro, quizás un niño de párvulos no podría justificar intelectualmente sus garabatos, pero para eso están los críticos, curadores y estudiosos de arte.
Picasso es el claro ejemplo del Show artist Superstar. Ese gran ídolo o mito acrecentado injustificadamente y que puede tirarse un pedo, envasarlo y ponerle un titulo mediterráneo para poder crear una pieza de arte ejemplar e idolatrada. Y vaya que existen tantos que darían millones por abrir ese frasco y refrescarse con su aroma. La obra de Picasso dejó de existir cuando empezó a existir Él. Él como obra de arte. Porque entonces a nadie le interesó su obra y su obra pasó a ser su nombre y firma. Picasso dice, Picasso opina, Picasso firma. Y nada de cuestionarlo porque si lo haces, entonces tío, eres inculto y no sabes de arte. Triste síndrome del traje del Rey. Aquel que solo los listos podían ver.
Y así, como sucede en el caso de Picasso, suele suceder con muchos, muchos y muchos más que llegan a la fórmula, la fama o la reverencia para poder hacer y deshacer, y vender y revender. El ciclo eterno del medio artístico. Papi… quiero ser artista…
En ningún sentido se cuestiona el evento llevado a cabo en el museo de Arte Moderno. Al fin y al cabo, resulta ser que Picasso es un referente en la historia del arte, y ya sea para bien o para mal, vale la pena verlo un poco. Un poco más cerca que en los libros. ¿? Pero también sería confortable encontrar entre la concurrencia comentarios como: “Que mala obra la de este tipo”, o decir, “eso hasta mi sobrinita lo hace, y también habla frances”. Sin embargo, a veces da la impresión que la concurrencia admira la obra de Picasso con tres signos de interrogación, uno en cada ojo y el tercero en la boca. En un gesto de silencio reprimido en el que el silencio es sabio y la ignorancia escondida.
¡Hombre, no es para tanto! Si no te gusta no se acaba el mundo.
Lo importante está en permitirnos el harto derecho de expresar nuestra opinión, tacita, objetiva, subjetiva, emocional y sentimental, cualquiera que esta sea, acerca de la obra de cualquier artista y ser con ello honestos con nosotros mismos. Y no apreciar la obra por la demagogia que circunda alrededor del arte, y de la vida interesante de su creador. Al fin de cuentas nadie se come un pastel que no le gusta solo por complacer al cocinero.
Jim Morrison solía (según dicen muchos) masturbarse en pleno concierto y todos lo aplaudían. Charly García se tira de un noveno piso y todos le aplauden. Jerry Lee Lewis quemaba sus pianos y todos le aplaudían. Y así como muchos, Picasso pinta “Retratos Imaginarios” y todos le aplauden. Bien solía decir Guisselle Leah:
Alabada seas por siempre Gran diosa del Arte
Prostituta vanidosa embebida de halagos
Y a ti, crédulo idólatra
Que caigan tormentosas
Las más ardientes cenizas de la mentira



