Arte Pancarta

Revista de Arte

Auyon y la sintonia constante

Publicado por artepancarta en Junio 24, 2008

Entre los pájaros cantores y los cargadores de “escaleras”, los colores tierra parecen disiparse al considerar que mas allá de aquella penumbra de la humanidad, existe siempre la interrogante hacia el lugar donde terminan por resolverse nuestros cuestionamientos. A Auyon puedo imaginarlo como un niño que sube a una escalera esperando ver que es lo que hay detrás del muro ¿o mundo? Lo veo como el joven que cierra los ojos y se retira en la soledad de su pensamiento ante cualquier trifulca o problema turbulento. Puede ser el poeta, el poeta sin palabras que se sube a la silla a pregonar lirismos, canciones cortas y refranes milenarios. Ahí esta él, como quien deja en sus trazos toda esa penumbra que muchas veces baila en nuestros pensamientos y nos hace necesario, casi inmediatamente necesario, llevar a cabo un exorcismo continua de nuestros pensamientos. Como botar ese saco a cuestas que día a día mientras de niño jugábamos a ser nada y simplemente vivir, nuestros padres, nuestros maestros, nuestras autoridades y nuestra sociedad se encargaron de llenar de suciedades abstractas al grado que poco a poco se tornaría una joroba continua tratando de empujar nuestros sentimientos a este piso del que tratamos de elevarnos con fin de llegar algún día al cielo. Al cielo y las estrellas como muchas veces lo comento él. Con Auyon eso fue un poco de lo que hicimos cada día que tuvimos un momento para conversar. Para hablar. Para no decir nada. Para retarnos. Retarnos en nuestras discusiones. Como dos científicos del espíritu que refuta uno al otro para poder posicionar una verdad mentirosa en medio de una conversación perdida. Auyon era muy mentiroso en sus verdades espirituales. Su mentira era la realidad de una fantasía. Esa fantasía de nivel ”fantástico” y mítico. La mentira fantástica regla de todo tipo de realidad. Pues es a partir de la fantasía, producto de nuestro mayor poder como es la imaginación, que podemos ver mas allá de estas barreras mundanas que día a día nos dictan y nos dicen que hacer. Es así como en nuestras conversaciones, divagamos etéreamente entre los cosmos y los profetas, entre los inmortales y los músicos, entre las reglas del mundo y las reglas religiosas. Hablamos de humanos y mujeres. De dioses y Diosas. De universos y trascendencia, de todo aquello que implicaba ser en lo más profundo, el eterno problema de la existencia: la existencia en si misma.

Auyon en su obra era una eterna noche del alma. Noche que decidió un día empezar a transformar. Aprendiendo a amar la luna solitaria, o las estrellas infinitas. Por eso era un pájaro de alas amarradas, un yaciente en medio de su familia y amigos. Era ese cargador que anda día a día con el saco de ilusiones a cuestas. Ilusiones desechadas un día y guardadas a sus espaldas para que luego de haber pasado esa noche, pudiera en el día echarlas a relucir. Era así como uno que otro día, entre platica y platica, contaba y sacaba del saco una de esas tantas ideas. Una de tantas esperanzas. Una de tantas ilusiones. Todas para apreciarlas como quien aprecia esos artefactos que el recuerdo nos deja tras el paso de los años. La mostraba con sus manos y la describía con sus palabras. La elogiaba a veces y otras, confesaba haberlas odiado desde el momento en que se había enamorado de ella. Y ahí, en su obra física, se quedaba la sobra de esos pensamientos. Plasmado en la eterna noche de los colores ocres y el sabor a tierra y antaño que puede dejarnos al verlo.

Un día de tantos, en medio de esas conversaciones a la nada, hablamos de aquello que podía ser un punto de partida para buscar en la vida. El en un momento determinado dijo paz. “sabe principe, usted lo que debe buscar es paz, no felicidad”. Lo dijo en ese momento como un descubrimiento que ya tiempo atrás estaba contemplando. No la paz del mundo ni esas utopías que a diario se nos hacen ver o esperar. Era la paz de la nada. La paz de no existir. De saber que la no existencia podía llevarnos a esa noche eterna en la que sí, efectivamente, podíamos tocarlo todo y a la vez no estar en nada. Conocí la obra de Auyon en sus últimos años. La conocí en su batalla final. En el momento en que iniciaba a enfrentar el desenlace de sus interrogantes. Es por esto que ahora que la veo, puedo pensar que fue su testamento final. Los diarios de guerra. Los últimos amparos a la vida. Las últimas negociaciones de reconciliación con este mundo. Las razones para dejarlo todo. La conclusión final a toda una vida de confrontación con el imaginario de las artes y la reivindicación intelectual. Al final, la paz era el su conclusión. Las teorías, los pensamientos, las divagaciones, solo darían un tormento más que soportar.

Los cargadores de Auyon es lo que en cualquier momento vendrá a mi mente en el momento que pueda llegar él a mis pensamientos. Las escaleras serán elementos aislados, solitarios, quizás porque finalmente nunca las quiso subir. Sin embargo, mas allá de lo que pude ver en su obra plástica, Auyon será esa persona con la me crucé un par de veces antes de conocerlo y pude leer en su mirada ese profundo vacío hacia la nada total. Como si ambos en medio de un desierto y en medio de una batalla, a pesar de no conocernos y sabiendo que quizás podríamos ser enemigos antes que amigos, consideráramos qué la guerra es inútil, y entonces simplemente tratamos de hacer una tregua y procuramos escapar de ella. Puedo dudar en estos momentos sobre la realidad de quien se ha ido. Si yo o el, o nadie realmente.

Cuando pensé en la obra que podría dedicar al homenaje de su persona, lo único que vino a mi mente fue su obra en si misma. Su caligrafía espectral que muchas veces plasmó en hojas de papel de todo tipo, comunicando algo que siempre era igual. Que siempre se manifestaba en remolinos y turbulentos trazos formando en medio de ese huracán de pensamientos, una idea sublime y utópica que en el fondo hubiera sido para el, la salvación de su relación entre su experiencia y esta vida desconocida. Yo, solo hice un pequeño aporte. Fue un poco de color y secularización… y el nombre que quizás en el fondo, el consideraría podría ser indicado: Saint German Radio A. Una frecuencia eterna que seguirá sonando por el resto de la existencia de muchos.

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